A un año de la toma del Liceo A-90 de San Miguel: Una huella imborrable

A un año de la toma del Liceo A-90 de San Miguel:

Una huella imborrable

 

Por: Juan, ex profesor del Liceo A-90 de San Miguel

 

            El lunes 13 de junio del 2011, a las ocho y media de la mañana, los profesores del Liceo Luis GalecioCorvera, A-90, llegamos al establecimiento a trabajar. El colegio había sido tomado. Frente a las puertas del colegio, en la enorme Plaza Llico de San Miguel, alrededor de 15 docentes, los directivos, los paradocentes y los auxiliares, mirábamos a los jóvenes que colgaban lienzos por la gratuidad de la educación y reían a carcajadas. Aparentemente todos los docentes solidarizábamos. Quizá quienes no lo hacían se callaban la boca. Los directivos estaban inquietos, y la directora, claramente descolocada.

De pronto apareció Cristóbal Espinoza, uno de los voceros de la toma. Si mal no recuerdo, también el presidente del Centro de Estudiantes, el mismo que meses más tarde se pondría contra el movimiento. Lo que comunicaron es que ni la directora ni el inspector general podían ingresar al colegio. Por el contrario, los profesores teníamos las puertas abiertas para hacer asambleas y para compartir con los estudiantes. Meses después supe que el “veto” de los directivos se debía a que éstos les hicieron una “encerrona” a dos voceros del movimiento, justo antes de la toma, para que no “revolvieran las aguas” y ni pensaran en tomarse el colegio. Recuerdo la “sorpresa” del inspector general por el veto. Este personaje, siempre intentó presentarse como un amigo de los estudiantes, como una persona con posiciones de izquierda. Pero los estudiantes, antes que muchos profesores, vieron que el “rol” de este personaje era mantener el “orden” de acuerdo a los lineamientos de la municipalidad.

Recuerdo que una profesora organizó una colecta entre el personal del liceo, y al poco rato aparecieron bolsas con mercadería. A los profesores nos hacían ir a firmar todos los días, y no teníamos un lugar, salvo la plaza. El segundo o tercer día de toma hubo un desalojo. A los estudiantes los acusaron de robo. La directora dijo que “este es un movimiento delincuencial y no un movimiento estudiantil”. Se habló de un video que nunca apareció. Una estudiante se encadenó en la puerta. Todos los jóvenes gritaban por la renuncia de la directora. Los profesores, si bien simpatizaban con el movimiento a nivel nacional, no comprendían por qué los estudiantes del A-90 se habían puesto contra las autoridades de su propio liceo. Muchos lo comprendieron más tarde.

El establecimiento fue retomado. Una y otra vez desalojado. Una y otra vez retomado. Era julio. Estábamos allí en Pirámide, fuera de una oficina a la que nos habían destinado, y los jóvenes –en ese tiempo todavía eran “los jóvenes” y cada profesor un “usted”- pasaron corriendo al lado de nosotros, treparon un muro y una reja e ingresaron al colegio saltando. Miraban los ojos de quienes sabían que los apoyábamos.

Esos días se hizo público que los guardias municipales les habían ofrecido vino y que uno de ellos incluso exhibió algo parecido a una pistola buscando intimidarlos en una de las retomas. Esa represión impactó a los apoderados. Una vez ayudaron en la retoma. Incluso apoderados cuyos hijos no estaban en toma. Esto pasaba porque lo que estaba en juego era obtener la gratuidad de la educación, no para un futuro indeterminado, sino en el instante. Recuerdo a la mamá de un chico del que yo era profesor jefe. Ella misma había convencido a su hijo de apoyar la toma, aunque sea yendo en las tardes, porque de ese modo él podría estudiar gratis el 2013, cuando saliera del colegio.

El 18 de septiembre nos comimos un asado en el colegio, no porque nos importara la “fiesta nacional”, sino porque nos disgustaba la idea de que los estudiantes en toma tuvieran que conformarse con el aroma a carne y para aprovechar de conocernos. Fui yo y varios apoderados y todos los estudiantes de la toma. Bromeamos. “Vamos a pasar la Navidad en el colegio”. Así ocurrió. La Municipalidad de San Miguel se animó a desalojar sólo el 26 de diciembre, a mediodía.

¿Qué conversamos esa tarde? Sobre el 4 de agosto, cuando la policía se quería llevar al Cristóbal en la Alameda por las latas de pintura, lo que no ocurrió porque se presentó como “pintor”; del 24 y 25 de agosto cuando “el profesor apareció en Chilevisión”; de lo que dijo Arturo Martínez de los profesores de filosofía, y que “justo el profe es profe de filosofía”; de “las veces que han caído detenidos los cabros” y “de los profes que han ido a la comisaría a sacarlos”; de la última marcha; de las enormes barricadas que se vieron el 4 de agosto y durante el paro de la CUT; de los cacerolazos; de la inutilidad de la mesa de la Confech con el gobierno.

Pocos días más tarde comenzaba la autogestión. ¿Qué fue la autogestión? Una toma productiva basada en la unidad de los estudiantes en toma, con apoderados y profesores. Los tres estamentos organizaron el funcionamiento del liceo, sin directivos, sin inspectores generales, en base al autogobierno triestamental. Con eso, en la práctica, cuestionaron las formas jerárquicas de gobierno escolar, la supeditación de los directivos  a la voluntad del sostenedor de turno, en este caso el alcalde Julio Palestro (PS). Los estudiantes, tiempo después, redactarían un petitorio donde exigían un consejo escolar resolutivo abierto a quien quiera ir, la elección a través de sufragio de todos los estamentos, de la directora o director del colegio, y acabar con la “disciplina” mecánica que cae en el ridículo al prohibirles besarse en el patio o usar aros. Nunca la directiva del colegio buscó de manera activa intentar responder a alguna demanda. Tampoco la municipalidad.

Durante los 3 meses de autogestión en el A-90 ocurrieron acontecimientos inéditos en un colegio municipal que atiende a hijos de obreros subcontratados, pobladores, inmigrantes peruanos y colombianos, y muchos jóvenes que trabajan desde 8° básico. Acontecimientos inéditos en un colegio que en 1973, meses antes del golpe, hervía de política, con profesores y alumnos del PS, del PC, del MIR, que iban a las reuniones del Cordón Industrial Vicuña Mackena, o que eran parte del Cordón Industrial Cerrillos – Maipú. En el colegio que había pasado de tener 4.000 estudiantes a tener 179 en el 2011, fruto del neoliberalismo y del cierre de la básica hecho por Palestro el 2010, todo había cambiado: las relaciones entre profesores y estudiantes, los métodos educativos, la forma de concebir la “disciplina”, el enfoque del conocimiento.

No es casual la visita de David Harvey, el importante teórico social y geógrafo de izquierda. No es casual que nos visitara Bototo, un breaker de la vieja escuela del hip-hop, que les habló a los estudiantes de la historia de esta expresión cultural, y luego les enseñó a bailar. Que hubiese voluntarios de la Universidad de Chile haciendo clases. Que se hiciera un pequeño documental sobre la autogestión, a cargo de “Registro Obrero”. Que la Quimantú junto al Colectivo de Pedagogía Militante, Diatriba, publicara un libro sobre 4 liceos autogestionados el 2011. Que nos visitaran periodistas de El Ciudadano y La Nación. Romper la barrera entre profesores y estudiantes, decidir en asambleas comunes el funcionamiento del liceo, crear comisiones triestamentales para administrar la vida del liceo, trastocar lo más estático de las relaciones entre educadores y educados, fue algo completamente rupturista en medio del movimiento estudiantil. Pero la experiencia quedó aislada. La dirección comunal del Colegio de Profesores, en manos del PC, en todo momento respaldó a la dirección del colegio y no a los estudiantes en toma apoyados por el 40% de los profesores y por apoderados. Las únicas organizaciones políticas que impulsaron y apoyaron la experiencia del A-90, en cada una de sus etapas, desde el comienzo hasta el final, fueron el PTR y la ACR, consiguiendo voluntarios para las clases, difundiendo con foros y charlas la experiencia en las universidades, apoyando las manifestaciones del A-90, juntando firmas para evitar el cierre.

El alcalde Julio Palestro del Partido Socialista se vengó de esta experiencia de autoorganización, cerrando el colegio. Contó con la complicidad del Partido Comunista, que a través de la dirección comunal y metropolitana del Colegio de Profesores emitió un comunicado en enero (el 22), de circulación restringida, calumniando a los que participaron de la toma, lo que le costó un incidente interno con FSD y Darío Vásquez del Colegio de Profesores, que nos solicitó antecedentes que probaran la falsedad de los dichos del PC, presentación que hicimos,aunque no ha sido publicada.

La experiencia del A-90 el 2011 es una huella imborrable. No desaparecerá. Indicará el camino en próximas luchas.

 

19 de junio

 

 

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